
Esta tarde he pensado salir a dar un paseo por las sierras. Nada serio, simplemente quería comprobar el estado de la jara, respirar un poco de aire de altura y tomar unas fotografías a la luz del cálido atardecer. No llevaba ninguna ruta definida; de momento, lo primero y como siempre, perderme por los caminos de la Ganadera hasta llegar a las cercanías del chopo centenario.
Después de dejar el coche aparcado en la explanada de Valdehierro, pensé seguir el arroyo que da nombre a la zona, hasta encontrarme con la senda que lleva a la cueva de Castrola, para después visitar la cumbre del Almendrillo y pasar a la otra vertiente, hacia el valle del arroyo Valdezarza. Pero el Hombre (en este caso la mujer, Elda) propone y el cielo dispone, como se verá más adelante.
Antes de nada, comentar que la jara sigue iluminando las sendas con su traslúcida blancura, con sus rojas pinceladas y su corazón dorado; que el aire de los montes sigue siendo el mejor reconstituyente para el alma; que he descubierto, para mi personal e íntimo conocimiento, alguna minúscula florecilla nueva y que la luz del atardecer alumbra las fotos como no sabe hacerlo ningún flash de última generación.
Subiendo por la senda que guía hacia la cueva, la escasez de resuello no me permitía atender el sonido de fondo que animaba el ambiente. Sólo cuando he entrado al interior de la tierra, y su vivificante silencio ha despertado mis neuronas, he sido al fin consciente del sonido que me acompañaba. He sido consciente porque al fin mi cerebro ha recordado que estaba en la Mancha y no en el Levante. Si hubiera estado caminando por las sendas del Cid, la sierra del Caballo, Catí, Camara o las Hermosas, y coincidiendo con estas fechas, aquel sonido podía deberse a alguna guerrilla entre Moros y Cristianos de Petrel, Elda, Sax o incluso Castalla. Pero no son muy aficionados los manchegos a la pólvora, así que aquello sólo podía deberse al eco de alguna tormenta lejana, o no tan lejana. Sin embargo cuando he salido de casa, camino de la sierra, no había nada que indicara que aquella tarde fuera a haber fiesta celeste. Pero eso sólo significa una cosa: que no hay que fiarse de las apariencias y coger siempre el chubasquero, cosa que yo no he hecho.
El caso es que, mientras intentaba capturar al vuelo alguna gota de agua pendiente del techo de la cueva, me debatía entre el dicho que sentencia que “una retirada a tiempo es una victoria” y aquella otra que afirma “que nunca se escribió nada de los cobardes”. Y como ya es suficientemente conocida y manifiesta mi escasa necesidad de trascendencia, no hace falta que os diga que me he inclinado por la primera opción, renunciando con ello a la rutica circular prevista. He bajado, sin prisa pero sin pausa, de nuevo hacia el arroyo Valdehierro sorprendida todavía por el súbito cambio meteorológico, recreándome en alguna fotografía e intentando cazar algún rayo sin lograrlo, más por falta de pericia que de paciencia.
Cuando he llegado al coche, lucía el sol, pero ya se veían los relámpagos alegrar el horizonte, de modo que me he incorporado con ninguna prisa y con menos entusiasmo, a la caravana de los últimos autoevacuados de la explanada. Los integrantes de aquella improvisada procesión íbamos, como bobos genuinos, a meternos directa y absurdamente en las fauces de aquel lobo hábilmente disfrazado de tormenta primaveral, así que he decidido escaparme por un camino paralelo y disfrutar del espectáculo de luces y sonido.
Un trueno continuo, cada vez más cercano, llenaba el aire a mi alrededor y los relámpagos alumbraban desde dentro la nube cargada de fuerza y agua. El cielo se derramaba en hebras grises sobre la tierra y el sol, sin embargo, no se rendía a la evidencia, iluminando, pertinaz, el mundo con sus rayos, ya horizontales y dorados.
De pronto, me he encontrado entre el arco multicolor que la luz del atardecer dibujaba nítido sobre las nubes de tormenta y un enorme torreón que ocultaba el astro.
Y allí, en aquella inmensa compañía, me he sentido integrada en la tarde.
22 de mayo, 2011
Fotos en Picasa