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El silencio que escucha la palabra |
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Para mi madre, para nuestra madre
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Esta es una de las cosas (¿lecciones?) más importantes que aprendimos contigo: tú nos hiciste libres e independientes, incluso de ti; lección difícil de dar y de aprender, sin embargo tú lo hiciste de la forma más natural, como lo hacen los buenos maestros.
Por eso no te canso más, que sé que hay otros que te esperan, que estarán llamando a las puertas del cielo para preguntar por ti y que mi habitación no es lo suficientemente grande para contenerte, para retenerte... Pero mi corazón sí.
--------------------------------------------------------------------------------------------17/10/200...
Ellas estaban ahí todavía. Las estrellas me miraban sorprendidas. Quizá yo misma me sorprendía ¿Por qué después de tantos años hacía yo algo que se salía de lo común?
El hecho es que caminaba solitaria, primero alumbrada por la luz de las farolas que proyectaban mi sombra en todas direcciones.
Era una mañana preciosa, tibia a pesar de Octubre.
Poco a poco las farolas quedaron atrás; sólo la luna, las estrellas y el recuerdo de Ella me impulsaban en el camino. La senda tranquila, silenciosa, o quizá con los murmullos de antaño, de cuando Ella vivía allí. Por un momento, sólo un instante, me vi transportada años atrás, con sus vecinos, con su madre, sus hermanos y ¿Quién sabe?... sus ilusiones.
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Cuando llegué arriba, tras recorrer la empinada senda, ya despuntaba el alba, pero la luz de la luna todavía era intensa, ella era quien me proporcionaba ahora mi sombra. Junto a nuestro boj había un calderón en la roca; quizá con mi presencia disuadí a los pájaros más madrugadores de su primer sorbo de agua. Me senté en el lugar que Ella me proporcionó hace meses y lloré. |
No me preguntéis por qué.
Yo sé que ahora su alma es libre y también sé que no es necesario ir a ese lugar para estar con Ella. Ella nos acompaña siempre. Ahora forma parte de ese Todo que nos inspira, que nos empuja a hacer lo que debemos para alcanzar nuestro fin. Pero aquel lugar tiene algo, no sé, algo especial que me emociona.
Quiero pensar, aunque no me preocupa especialmente, que fue Ella quien nos llevó a ese lugar, y no nosotros a Ella. Nunca nos dijo lo que deseaba, pero nos impulsó a todos y cada uno de nosotros hasta donde Ella quiso.
La afición de uno, la prudencia de una, las prisas extrañas de otra, el miedo a las alturas de otra, el silencio de otro, fueron frenando o impulsando a ráfagas nuestros pasos hasta dar con el lugar que albergó su juventud. Otero desde el que dominar todo el valle. Frente al lago del río, junto a las vías del tren que tanto le gustaba. Y un pequeño corredor por el que el viento de levante, que precisamente sopló aquel día, se llevó parte de sus cenizas en dirección a Madrid, su Madrid, su querido Madrid.
El día que mi ilusión creyó percibir todo esto, quería leer un poco allí, “con Ella”, pero estaba incómoda en el lugar en el que me había sentado y me levanté para buscar otro mejor. Antes de decidirme a dar un solo paso en ninguna dirección, una bandada de palomas me regaló su vuelo ante mí, caminé hacia ellas y descubrí el sitio más cómodo para leer que podía imaginar entre las rocas. Creo que las dos disfrutamos de un buen rato de lectura, oyendo sonar las campanas y viendo pasar los trenes.
El día del aniversario (poco importa que se cumpla un año, o diez meses o seis semanas, pero era el día del aniversario), cuando la luz del amanecer cambió de lugar mi sombra, el cielo me ofreció un precioso espectáculo.
Las nubes gris perla que adornaban el Cid se fueron bordeando de un hilo rojo, luego naranja, luego blanco y después, de un fulgor, de una explosión de luz que deslumbraba los ojos, pero iluminaba el alma. Pronto las nubes pasaron del gris al blanco y se las adivinaba más tenues, más algodonosas...luego fueron rosadas.
Después el sol y la memoria de Ella me acompañaron de regreso a casa.
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