
Cuando me he despertado esta mañana, el mundo, alrededor del Hondón, había desaparecido.
Las hileras de viñas que arrancan desde la ventana se perdían en un horizonte cercano y difuso. En un mágico claro entre la niebla aparecía la luna que anteayer fue llena, eso me tranquilizó, siempre que la luna continúe en mi horizonte no tendré nada que temer.
La brisa fresca y húmeda me invitó a salir.
Llegué al primer cruce de caminos y seguí adelante; llegué al segundo cruce, más allá del cual nunca había llegado, y seguí adelante. Me sentía cómoda porque había salido despacio, porque la mañana era húmeda y fresca, pero sobre todo porque la luna seguía mirándome desde su mágica atalaya.
En uno de los momentos en los que yo la miré a ella, por propio placer y por ver algo más que mis pies y los veinte metros de viñas y camino que me rodeaban, descubrí, aparte de su deseo de ocultarse tras el horizonte brumoso, una luz rosada en su cara blanca de luna. Me di la vuelta para saber en qué espejo se miraba para ruborizarse de esa manera y descubrí dos cosas: una inquietante y otra maravillosa.
La primera era que lo único que había existido esta mañana cuando me desperté había desaparecido también. El Hondón ya no estaba. Sólo existíamos ahora los veinte metros de camino delante y detrás de mí, la viña a mi alrededor y yo, porque hasta la luna se acostaba perezosa tras los montes que se adivinaban en el colchón de las nubes.
La segunda era la causa del rubor de la luna. Una esfera roja, perfectamente redonda se elevaba sobre el horizonte opuesto. Altiva, desafiante, luchando por deshacer en jirones aquella niebla que humedecía la tierra de los caminos. El sol se despertaba un día más con el empeño de seguir siendo el rey del día, me avisaba que pronto ya no sería fácil correr por aquellos caminos, pues su calor, el calor que nos da la vida, lo inundaría todo.
Pero yo no estaba dispuesta a renunciar tan pronto y seguí corriendo de espaldas a él, pero volviéndome de tanto en tanto para no perderme su rojo espectáculo.
Por debajo de él estaba el Cid.
Llegué a un punto en el que el camino giraba hacia el Este, devolviéndome a mi casa protectora y volviéndome hacia un sol que ya no se dejaba mirar. Pero yo no quería rendirme; hacia el Norte salía un camino que se ocultaba del sol entre los árboles y que, convertido en senda, ascendía por la ladera de un pequeño monte. La soledad y el silencio me dejaron ver dos conejos, tres perdices y una ardilla.
Pero también la soledad y el silencio me dejan ver otras cosas. Un cierto cansancio. Una cierta tristeza.
De nuevo, el sol en mi cara cuando llego a la cumbre.
A veces siento esta necesidad. La necesidad de elevarme un poco por encima; no por encima de nada ni de nadie; sólo por encima de mí misma, de mis pensamientos, de mi cabeza, de mis ideas, de mis sueños…Y ¿cuáles son esos sueños?, ¿tengo yo sueños?, ¿o simplemente vivo disfrutando y sufriendo todo aquello que la vida se digne ofrecerme?, ¿cuáles son mis ambiciones?, ¿tengo yo de eso?, ¿quiero tener? Sé que quiero ser, pero no sé qué ni cómo quiero ser. Me siento feliz y triste, me siento libre y esclava, me siento en proceso de realización y no soy nada, me siento querida y siento que no doy nada.
El sol ya comienza a calentar el mundo, implacable.
El Hondón, verano, 2005

Fotos en picasa